La libertad no se honra con estatuas de dictadores.
La contradicción que no quieren ver
La manifestación convocada tras el retiro de las estatuas de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara se presenta como un acto de defensa de la memoria y la libertad. Pero el contraste es imposible de ignorar: se alza la voz por monumentos, mientras se guarda silencio frente a feminicidios, violencia sistemática y escasez de medicinas que afectan a millones de personas.
La escena es paradójica. Se exige libertad en nombre de personajes que gobernaron sin permitirla. Se protesta públicamente por símbolos de un régimen donde protestar era motivo de cárcel, exilio o muerte. Lo que aquí se reclama como derecho, allá habría sido delito.
Eso es lo que algunos parecen no notar: esta manifestación solo es posible porque ocurre en un espacio donde la libertad existe. Donde nadie es detenido por disentir. Donde retirar una estatua no implica represión, sino una decisión política sujeta a debate público.
El retiro de esos símbolos no borra la historia. La pone en contexto. Y ese contexto incluye autoritarismo, persecución y negación de derechos fundamentales. Defender estatuas sin reconocer esa realidad no es memoria crítica; es idealización selectiva.
Aquí nadie fue silenciado.
Nadie fue encarcelado por marchar.
Nadie fue reprimido por opinar.
Eso, precisamente, es libertad.
Quienes hoy protestan por Fidel y el Che pueden hacerlo porque están en un lugar donde la ley protege la expresión, no donde la aplasta. Esa diferencia lo cambia todo, aunque incomode admitirlo.
Bienvenidos a un espacio donde disentir no es delito.
Bienvenidos a Cuauhtémoc.
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