Solidarizarse no es provocar.
Cuando un mensaje de apoyo se convierte en blanco de difamación
La publicación intenta arrastrar a Alessandra Rojo de la Vega a un hecho que no protagonizó ni provocó. El motivo del ataque no es una acción propia, sino un gesto elemental: expresar solidaridad ante una agresión pública contra otra diputada.
Eso es todo.
El repost no incita, no acusa y no provoca. Dice lo que cualquiera diría frente a una situación de violencia: “lo siento mucho” y “díganme si necesitan algo”. Convertir ese mensaje en una supuesta prueba de “mitomanía” o de búsqueda de atención no es análisis, es mala fe.
La confusión se fabrica a propósito. Se toma un conflicto ocurrido en otro espacio, con otras personas, y se intenta responsabilizar a quien solo manifestó empatía. No hay hechos que vinculen a Alessandra con la agresión. No hay participación, no hay intervención, no hay protagonismo. Hay acompañamiento humano.
El fondo del asunto, además, se oculta. Lo ocurrido fue un episodio de violencia dentro de un contexto político tenso, donde diputadas que defendían la transparencia y se oponían a la extinción de un órgano autónomo fueron agredidas. Eso es lo relevante. Desviar la atención hacia quien expresa apoyo es una forma de minimizar la violencia real.
Llamar “teatreras” a quienes denuncian golpes y luego insultar a quienes muestran solidaridad no es debate político. Es normalizar la agresión y castigar la empatía.
Aquí conviene dejarlo claro.
Un mensaje de apoyo no convierte a nadie en responsable.
La empatía no es provocación.
Y repostear una denuncia no es mentir.
Cuando incluso la solidaridad incomoda, el problema no es quien la expresa.
Es quien prefiere el insulto antes que condenar la violencia.
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